miércoles, 21 de septiembre de 2016

Escribo

Escribo desde hace tiempo. Escribo porque puedo y porque, a veces, no. Escribo porque lo necesito y porque así pude escapar. Escribo porque así sano y porque duele. Escribo porque me salva y porque, también, me atrapa.
Escribo aún cuando quiero huir y porque frente a una hoja en blanco soy más valiente. Escribo cuando las palabras no salen en voz alta y porque, al teclear o al deslizar mi lapicera en un papel, puedo pensar con claridad.
Escribo cuando me enojo, cuando soy feliz, cuando lloro. Escribo cuando creo que estoy contenta y termino lagrimeando.
Escribir hace que viva mil veces y pueda ser muchas personas a la vez.



Escribo porque respiro y porque así soy más persona. Escribo porque así… escribiendo, soy la mejor versión de mi misma.
Escribir me hace más humana, más terrenal y pasional. Escribir hace que vea a la humanidad e intente no juzgarla tan duro.
Escribir hace que, todavía, tenga confianza en el mundo.
Escribir me levanta cuando sólo quiero derrotarme.
Escribir me enseña todos los días.
Escribir es lo que intento aprender todos los días. Porque escribo también estudio, y estudiando soy; y siento y mientras aprendo… sigo escribiendo. 

martes, 30 de agosto de 2016

No tenemos paz.


Hace días que no duermo. Hace días que me duele la cabeza y el alma. Cada mañana, cuando me levanto después de haber dado mil vueltas en la cama, parece que todo va en cámara lenta.

Antes tenía una rutina, ahora ya no puedo sostenerla. Desde que pasó eso en la plaza ya nada está tranquilo, ya no tengo; no tenemos paz.

Ahora sólo me ocupo de que ella esté bien. Necesito verla dormir, necesito ver que se hidrata, vigilar que coma, que se bañe e incluso me animo a intentar hacerla sonreír. Aunque no lo consigo y eso me frustra. Tengo unas ganas locas de abrazarla fuerte, de cobijarla entre mis brazos y cantarle como lo hacía cuando era chiquita, como cuando sus manos se perdían entre las mías. Quiero agarrarla y meterla dentro mío, meterla dentro de mi vientre para que nadie le haga daño. Pero no puedo y eso me desespera más, y más. En cambio, lo único que hago es plantarme en la puerta de casa como un patova para defender a mi nena, para defenderla de los agravios y de la violencia. De ese mismo tipo de violencia que se generó en la plaza. No, tal vez no de la misma, pero sí de una muy parecida.

Procuro, cada día, que ella no se acerque a la computadora, que no entre en sus redes sociales. Ya le confisqué el celular para que no vea todo lo que esos energúmenos le dicen a mi hija. Sin embargo, a veces no puedo detenerla y ella ve, porque además lo percibe, huele en el aire lo que sucede, siente lo denso que es el ambiente y además escucha los gritos y las amenazas que llegan por la ventana.
Ya le dije que tiene que cerrar su perfil pero no sé si eso va ayudar en algo. Quiero decirle que todo va a estar bien, que todo se va a resolver pero no estoy tan segura de eso todavía. Tengo miedo, tengo mucho miedo de que a ella le pase algo. Y de que yo no esté ahí para cuidarla.

Es un desastre. Todo es un desastre desde que pasó eso en la plaza. Ella no estaba ahí, ella no es la culpable. Y desde ese día hay alguien que sufre. Todos sufrimos porque desde ese mediodía no tenemos paz.
Un pibe lucha por su vida y la mía por recuperar la suya. Él está en el hospital y ella está encerrada como si ella hubiese sido responsable de que un par de chicos le destrozaran la cara. Y todo porque ese par de pibes no saben arreglar las cosas hablando. Y todo porque acusan a mi hija. A ella la juzgan y la condenan sin tener idea de lo que pasó, y ella sólo quiere saber cómo está su amor. Y ahí tampoco puedo ayudarla porque esa madre, esa mujer repleta de dolor -a la que no pienso criticar-, la madre de ese pibe que se aferra a la vida le dijo asesina a mi hija.

Ella sólo quiere recuperar su rutina, ir a su escuela como aquel último día que pudo dar su presente. Como ese mediodía en el que se aburrió en su clase de matemáticas mientras a su amor, que hacía unos días la había dejado, le pegaban hasta mandarlo al hospital.

Ella no estaba filmando la golpiza, ella estaba en su escuela, haciendo lo que hacen los adolescentes ahí: aprendiendo, aburriéndose, disfrutando con sus amigas e incluso llorando en los recreos por ese novio que ya no la quería... ella estaba viviendo una vida tranquila.

Desde ese día, desde que pasó eso en la plaza ella no puede hacer eso. Desde ese día su vida cambió, ella no puede caminar por la calle, ella no puede ir a bailar, no puede tener celular, ella no puede mirar sus redes, ella no puede dormir tranquila. Ella está encerrada, al igual que ese golpeador que ya está preso. Ella no puede tener paz y nosotros tampoco.



viernes, 3 de junio de 2016

Siete años

Hola, mi negra. ¿Cómo estás? ¿Cómo te sentís hoy? Seguro dormiste mejor... Te veo mejor cara...Ya te extrañaba.  
Hoy te traje pollito al spiedo de las cinco esquinas, es más caro que el de la otra cuadra, pero yo sé que éste es tu preferido. Además, hoy estamos de fiesta. Cumplimos siete años juntos… Qué increíble ¿No? cómo pasa el tiempo.
Se nos viene lo más difícil, por eso que dicen todos… lo de la crisis de los siete años… Vamos a tener que ser más fuertes para encararla. Seguro este tiempo juntos, nos va a venir bien.
Bueno, che… No me mires así… Es una idea, nada más. Andá a saber si nos toca a nosotros la crisis ésa. Capaz, tenemos suerte y no nos pasa… Aunque, pensándolo bien, puede ser pura sanata. Un invento de los psicólogos… Andá a saber.
Bueno, basta… No me mirés más así. Basta. No me gusta cuando me mirás así. No puedo más, te juro que no puedo más. Estoy haciendo todo esto por nosotros. ¿No lo entendés todavía?
Ya sé que hace tiempo que estamos separados pero quiero volver.
Nadie te puede amar como yo. Nadie.
Ya sé que todos me dijeron que me aleje, que te deje vivir en paz, que soy egoísta, que estoy loco, que no te quiero bien, pero ellos no lo pueden comprender ¿Qué saben ellos del amor? ¿Qué saben de nosotros? No lo entienden… porque aunque lo niegues sé, que en el fondo, todavía me amás.
Por favor, mi negra.
¿Qué te pasa? ¿Por qué llorás? ¿Por qué no dejás que te toque? No me rechaces, no me dejes. Sos lo único que tengo, lo más importante en mi vida.
¿Por qué te negás? ¿No me querés más? ¿Qué carajos hago si eso es verdad? No llorés, no llorés más. No te quiero ver llorar.
¿Por qué no te das cuenta de que hago esto por nosotros? Vos tenés que volver conmigo. Son siete años juntos. Siete.
Mirame… ¡MIRAME TE DIGO!
Basta, basta... No corrás más la cara. Dejame que te bese, que te acaricie.
Sabés que no te conviene: No me hagas enojar. ¡No me quiero enojar!.
Me gustaría saber qué pensás sobre todo esto pero sé que si te desato, vas a empezar a gritar.
Lo único que quiero es que te vuelvas a enamorar de mí.
Tenés que entender mi amor por vos. Te quiero proteger, te quiero cerca mío. Yo te quiero cuidar… te quiero cuidar de esos hijos de puta que te miran, que te desean y que te quieren coger.
¿Ves? ¿Ves? Siempre es igual… no me valorás. ¡No ves todo lo que hago por vos! No ves de lo que soy capaz. No te quiero perder. No quiero hacerte mal… Yo sólo te quiero amar. Quiero que dejés de llorar. ¡Quiero que me vuelvas a amar!
Sólo vos podés protegerme de mí mismo, amor... Sólo vos.

sábado, 26 de marzo de 2016

El día en dejé de ser Romina.

Un día iba vestida tranqui, como siempre. Nada de pollerita corta, ni de tacos altos. Nada que pareciera provocador porque sino me gritan boludeces. Sí, en eso también estaba ganando el Patriarcado. Había conseguido que yo y un montón de pibas de mi generación, cambiáramos la forma de vestir para que no nos violen.
Un día iba pateando sola al costado del camino. Por ahí, cerca del pueblo.
Un día pegué un grito. Los que me oyeron dicen que fue desgarrador.
Un día un par de tipos se bajaron de un Duna, me tomaron de cuello y de las muñecas. Me inmovilizaron y me golpearon el estómago. Aún así -con dolor- traté de resistirme, pero no pude hacer nada. No conseguí soltar esas cadenas que me querían apresar.
Un día me subieron a ese auto y ya no volví a patear. Ya no pude patalear. Ya no me pude quejar.
Un día ese auto salió a los tumbos y ese día fue el último que me vieron viva.
Ese día... Fue el último en que me llamaron Romina.
Desde ese día tengo mil nombres: Lulú, Giselle, Samantha o Natasha.
Desde ese día vivo encerrada en una pieza. Porque sí, esto es una pieza. No un cuarto. Un cuarto era el que tenía en casa. El que tenía mi ropa, mis apuntes, mis cajones, mi cama, mis cosas y mi vida. Acá, en la pieza, ya no la tengo.
Ahora soy una víctima, una víctima que labura. Una víctima que no puede salir de acá.
De vez en cuando, algún cliente se apiada y me trata bien. De vez en cuando, no me siento tan infeliz.
A veces, cuando me hago la loca y me quiero escapar... alguna raya me empiezan a dar. Pero a mí, no me va porque esa mierda te puede matar. Aunque no sé para qué quiero seguir si esto ya no se puede llamar vivir.
La próxima vez que venga El Oso, le voy a decir que me dé más... tal vez así me pueda rajar.

jueves, 17 de marzo de 2016

Hänsel y Gretel -Adaptación para adultos, parte 1-

Junto a una gigante ciudad vivía un pobre ex empleado con su mujer y dos hijos: el pequeño se llamaba Hänsel y la niña, Gretel.
Ellos apenas tenían qué comer porque después de aquel fatídico Diciembre de 2001 esa familia quedó “culo pa´rriba” según decía el hombre. Por ello, ni siquiera podían ganarse el pan de cada día.
Una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, con preocupaciones que no le dejaban pegar ojo; finalmente le dijo a su mujer:

  • ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo vamos a alimentar a los pibes?
  • Se me ocurre una cosa –respondió ella- Mañana, los llevamos de paseo a la capital, los dejamos en alguna plaza y nos vamos a buscar trabajo. No creo que sepan qué Bondi hay que tomar para regresar.  
  • ¡Por Dios, mujer! Yo no voy a hacer eso. ¿Cómo voy a soportar sobre mis espaldas esa carga? ¿Cómo voy a abandonar a mis hijos? Además, no tardarían en ser corrompidos por alguien.
  • No seas necio –exclamó ella- ¿Querés que nos muramos de hambre los cuatro? Ya podés ir armando los ataúdes.

Y no cesó en su discurso hasta que el hombre accedió.

  • Pero me dan mucha lástima... -expresó-.

Los dos hermanos, a quienes el hambre mantenía desvelados, oyeron los consejos de su madrastra a su padre. Gretel, entre lágrimas casi susurrando dijo:

  • Ahora sí que estamos perdidos.
  • No llores, Gretel. Yo me las voy a arreglar para salir de esta.

Cuando el matrimonio se hubo dormido, Hänsel se levantó y salió por la puerta trasera de la humilde morada. Frente a luna como testigo, recogió blancos guijarros que estaban en el suelo hasta que no le entraron más en los bolsillos. Con un beso en la frente, saludó a su hermana y entre pensamientos pidió ayuda al cielo.

Con las primeras luces del día, la mujer fue a llamar a los chicos:

  • Vamos, vagos… a levantarse que tenemos que salir.

Y dándole un pedazo de pan advirtió:

  • Ahí tienen su almuerzo, no lo coman antes porque no les voy a dar otro más.

Gretel colocó la hogaza dentro de su pequeña mochila ya que Hänsel no podía guardarlo en sus bolsillos llenos de piedras. Así emprendieron los cuatro el largo viaje a la capital. Hänsel se detenía -de cuando en cuando para volver la vista atrás- y así piedritas echar a lo largo de todo el camino.
Cuando estuvieron en medio de la ciudad, dijo el padre:

  • Quedensé acá que nosotros vamos a tratar de encontrar alguna changa.

Los dos hermanos se sentaron en un banco y al mediodía cada uno se comió su pedacito de pan. En la tarde, el cansancio les venció los ojos y se quedaron profundamente dormidos. Al despertar, vieron la noche cerrada. Gretel se asustó, pero Hänsel la consoló:

  • Espera un poco a que la luna brille y ya encontraremos el camino de regreso.

Cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño; tomando la mano de su hermanita, se guió por las piedras que, brillando como la plata, le indicaron la ruta.    
Anduvieron toda la noche y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra que al verlos exclamó:

  • ¡Pendejos de mierda! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en la ciudad? ¡Creíamos que no querían volver!

El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado.

Días después, la madrastra volvía a insistir:

  • Otra vez se terminó todo; sólo nos queda un pedazo de pan y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los chicos.

Le dolía tener que abandonar a sus hijos, pero quien cede la primera vez, también cede la segunda. Y el hombre no tuvo el valor para negarse.
Los chicos, aún despiertos, oyeron toda la conversación.
Cuando los viejos se hubieron dormido, Hänsel intentó tomar varias piedras nuevamente; pero no pudo, pues la mujer había cerrado la puerta.
A la madrugada siguiente, se presentó la madrastra ante ellos para sacarlos de la cama, les dio un pedacito de pan aún más pequeño que el anterior y los llevó camino a la ciudad. Hänsel iba desmigajando el pan poco a poco, sembrando un camino de migas.
La madrastra condujo a los niños a un lugar en el que nunca habían estado y con excusas sobre búsquedas de trabajo, allí los soltó. Sin saber cómo actuar, se quedaron a esperar y el sueño los venció.
Se despertaron con la noche oscura y cuando se disponían a regresar, no encontraron ni una sola miga, era lógico... se las habían comido los pájaros. Hänsel miró a su hermana y dijo:

  • Tranquila, ya daremos con el camino.

Aunque no fue así, anduvieron toda la noche y todo el día siguiente vagando por allí. Sufrieron hambre pues no habían comido más que unas naranjas ácidas de un árbol que había en la calle. Cansados y con las piernas negadas a sostenerlos, se echaron otra vez y se durmieron.
Amaneció ese día tercero desde salieron de casa: reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre. Al rato, vieron un hermoso pájaro blanco que; incansable, cantaba. Ambos pensaron en comérselo instantáneamente. El animal pareció adivinar sus pensamientos y por ello, extendió sus alas y voló veloz. Los hermanos comenzaron a correr detrás de él, llevados por el hambre. Sin saber cómo, ni cuándo los niños llegaron a una casita de la que salía olor a bizcochuelo, chocolate y, por las ventanas, se veían varias consolas de juegos. Con los ojos cerrados y deseosos por probar aquellos manjares que percibían con sus olfatos, comenzaron a acercarse a la puerta. De repente, se abrió bruscamente y salió una mujer altísima que los miraba casi sin pestañear.

  • Hola, pequeños ¿Quién los trajo hasta acá?

Los chicos no contestaron. Por ello, ella siguió:

  • Vengan conmigo, no tengan miedo, no les voy a hacer daño.

sábado, 12 de marzo de 2016

El Bingo del tío.

Nací en el seno de una familia extraña. Seguramente, en estos momentos, estarán pensando que ustedes también nacieron en una de ésas y puede que sea cierto… Pero ninguna otra, al menos que conozca hasta ahora, tiene un tío millonario dueño de un bingo.
Pasé parte de mi infancia dentro de aquel edificio que anteriormente había sido un teatro. Teatro en el que, según cuenta la historia popular y cultural de San Fernando, Prov. de Buenos Aires, había cantado Gardel.
Algunas tardes, nos llevaban a mis primos y a mí a aquel lugar inmenso; repleto de mesas, sillas y lugares oscuros perfectos para jugar a la escondida. Había, también, una barra de madera altísima para mi altura (Sí, siempre fui petisa y claramente todo era demasiado grande para mí) que era parte del bar y en donde pretendíamos ser mozos, aprovechando las bandejas de acero inoxidable. Armábamos tanto quilombo con la máquina de café que siempre terminábamos con la ropa manchada y con algún castigo a cuestas.
La binguera era prácticamente mágica para la niña de seis años que era. Aquel aparato, movía bolas a una velocidad inconcebible y las mostraba en televisores 29 pulgadas. Tecnología totalmente desconocida por el común de la gente. Corría el año 88´ y creo que Papá aún estaba pagando el Grundig Super Color serie 16 F18 en cuotas. Es decir, los pobres como nosotros solo veíamos televisores grandes en las vidrieras de los negocios de venta de artículos para el hogar.
Siguiendo con mis recuerdos del “Bingo del tío”, se me viene a la memoria un día en donde mi viejo nos llevó a una de las zonas que aún no estaban modificadas. Subimos una escalera de madera bastante destruida -creo que todavía la escucho crujir en mi cabeza- y llegamos, mis primos y yo, a un palco del viejo teatro. Faltaban un par de tablas en el piso. Papá nos dijo que tuviéramos cuidado porque nos podíamos caer y, si eso pasaba, podíamos llegar a tener varios golpes en la cabeza pero no por la caída... Sino de los que él nos iba a dar. Sobre todo si le contábamos a nuestras Mamás que nos había llevado hasta allá. Para mí, todas eran aventuras en aquel espacio. Más allá del miedo que sentía a veces, en los antiguos camarines devenidos en vestuarios, por aquel fantasma que decían que había.
El tiempo pasó y el negocio del tío… Avanzó. El juego empezó a crecer en Argentina y con él la cantidad de gente que creía que se iba a salvar con ese entretenimiento. Llegaron las máquinas slots a San Fernando, ésas que todo el mundo conoce como “Maquinitas”. Los grupos de Ludópatas eran cada vez más. Intentaban ayudarse unos a otros pero abandonaban las reuniones y enseguida se los volvía a ver por allí.
Yo lo veía todo a través de los vidrios que daban a la sala. Todavía era menor de edad y no podía estar en el mismo espacio que los clientes cuando el lugar estaba abierto.
Mientras tanto, mi casa se desmoronaba. Papá y Mamá se separaban. Yo pasé a tener dos casas. Al principio, todo fue simpático. Mamá destrozaba la tarjeta de crédito de Papá y yo disfrutaba de los beneficios. Salía cuándo quería sin avisarle a ninguno de los dos, acto creía “de gran rebeldía”. Total, después decía que le había avisado al otro y no pasaba nada. Así fue que conseguí mi primer celular para informar, en todo momento, mis movimientos.
A mi viejo lo ascendieron en el Bingo a Supervisor de Sala de Slots y mi vieja empezó a trabajar, de noche, todos los días en el mismo lugar. Ellos se cruzaban, alguna vez garchaban y a mí me rompían las pelotas. Amenazaban con volver una semana y a la siguiente se odiaban otra vez.  Hasta que me harté y les pedí que dejaran de contarme cómo iban.
Los días iban avanzando, sin darme cuenta, ya tenía 18 años. Yo trabajaba dando clases de gimnasia y de danzas. Algunos mediodías, me iba a almorzar con Papá mientras él trabajaba. Así conocí a casi todos los empleados del turno tarde. Algunos de ellos, unos años más tarde, iban a ser mis compañeros. Porque sí, debo admitir que me resistí. Yo no quería formar parte de “La Empresa”. No quería ser un familiar más dentro del negocio pero lo que sí quería… Era estudiar y para eso necesitaba algo de plata. Plata para mis clases de danza que claramente, con mis horas como instructora, no podía pagar. Así que, a mis veintiún tiernos años entré a trabajar allí. De 9 a 13 para que el resto del día me quede libre y así tomar cuanta clase nueva existiera.
Cuando hablé de mi años los califiqué como tiernos y sí, así eran. A esa altura de la vida, todavía era bastante ingenua y creía, mucho más que ahora, en la gente.
Días después, esa idea iba a empezar a cambiar. Conocí realmente a esos clientes de los que se quejaban las empleadas de Papá que, ahora también, eran compañeras mías. Esos clientes eran lo peor de lo peor. Ancianos decrépitos y gastados que, si podían, te cagaban plata para después perderla en las maquinolas o en la ruleta electrónica. Obviamente, la plata que me faltaba… la tenía que poner yo, de mi bolsillo.
También venían esas mujeres amables y simpáticas, que siempre estaban coquetas, que a mí me parecían geniales hasta que me enteré que se prostituían. No es que me dejaran de parecer buena gente, pero debo admitir que empecé a tenerles un poco de pena.
Otros especímenes raros eran esos treintañeros que, en vez de estar laburando al mediodía, estaban ahí chupando cerveza e invitándote a salir. Y cuando encima les decías que no... Se ofendían y te trataban mal.
El tío decía que había que tratarlos bien porque: “Gracias a ellos… Nosotros comíamos”. Era claro que él no soportaba los “piropos”, ni las asquerosidades que ellos nos decían.
Era evidente, el mundo no era tan maravilloso como creía y mi laburo diario me lo demostraba a cada momento.
Comencé a hacer analogías entre la “realidad del país” y lo que sucedía allí dentro. Y así, mi inocencia se fue diluyendo... Como el dinero de aquellos clientes.
Por suerte, había otros clientes que eran agradables.
Mientras tanto, seguía almorzando… Cerca de esa binguera que me había sorprendido tanto de chica. Cerca de ese artefacto que ya no tenía nada de mágico pero que siempre recuerdo. Aunque ya no con tanta nostalgia.
Un día de esos en los que me levantaba tarde porque estaba de franco, prendí la tele. Sin querer, pasé por Crónica TV y allí estaba la binguera. Manchada de sangre con la imagen de un cuerpo inerte debajo. Jamás voy a poder olvidar esa pantalla, nunca se me va a ir esa sensación.
Un tipo cualquiera, uno de esos tantos clientes que teníamos, había entrado por una puerta de emergencia ya cuando el Bingo estaba cerrando, pero como el Gerente y la Supervisora lo conocían, lo dejaron entrar. Él ingresó con un arma en una de sus manos y un bidón de nafta en la otra. Roció la binguera, al gerente y a la supervisora con aquel líquido. Dijo que “Por el bingo lo había perdido todo” y se pegó un tiro en la sien.
Mi vieja había sido testigo de ello. Esa tarde me lo contó llorando. Recién allí… Entendí lo que significaba el juego para una persona. Recién allí, comprendí de lo que era capaz alguien desesperado.
Ya no me gustó tanto la binguera, ni el “Bingo del tío”.

martes, 8 de marzo de 2016

No quiero

En este día:
No quiero flores.
No quiero bombones.
No quiero que me digas "Feliz día".
No quiero regalos.
No quiero perfumes (aunque me encanten).
No quiero joyas, ni brillantes.
No quiero perlas, ni alhajas.
No quiero ropa, ni abrigos.
No quiero piropos, ni risas burdas.
No quiero que me lastimes.
No quiero que me pegues.
No quiero que mates. 
No quiero vivir con miedo.
Quiero respeto.
Quiero un trabajo digno por el que me paguen lo mismo que a vos.
Quiero que me trates con dignidad.
Quiero tener el puesto que me merezco.
Quiero que me escuches.
Quiero que me veas como una igual.
Quiero laburar.
Quiero ser dueña de mi vida. 
Quiero mi lugar.